Slow Food (o como cambiar el mundo)

Dijo W. Churchill que “la democracia es el peor sistema político del mundo, con excepción de todos los demás”. Afirma Yuval Noah Harari en su libro “21 lecciones para el siglo XXI” que “el relato liberal celebra el valor y el poder de la libertad (…) pero que la humanidad está perdiendo la fe en el relato liberal que ha dominado la política global en las últimas décadas”. Y la Organización de Naciones Unidas para Alimentación y Agricultura recomienda para un territorio insular (como donde yo vivo) que el nivel de auto abastecimiento de alimentos ronde el 40%; lo contrario llevaría a un territorio insular a la inseguridad alimentaria: incapacidad de cubrir las necesidades de alimentos de una población por diferentes razones a largo plazo (crónica) o a corto plazo (transitoria).

brotes verdes

Estas tres afirmaciones en apariencia inconexas son más importantes en nuestra economía diaria de lo que pensamos. En mi receta de Tarta de queso fresco con higos y miel pasé de puntillas por el tema del precio de la fruta este verano y de sus posibles causas. Profundizando en ello, pero de una manera muy sencilla, podremos comprender mejor cómo funcionan los precios en artículos tan sensibles como nuestros alimentos y qué podemos hacer como consumidores para contribuir a un mercado más justo y a unos precios más razonables.

La economía actual es libre en su mayor parte, sin limitaciones para compradores ni vendedores. La ley de la oferta y la demanda, con algunas salvedades, explica cómo a mayor demanda (por posible escasez) suben los precios; y a la inversa, a menor demanda, bajan. En la alimentación esto es evidente, máxime cuando hablamos de productos perecederos. Pero un buen día, como me está pasando a mí desde hace semanas, no encuentro ni aguacates ni papayas en ningún sitio: “no hay producción”, me dicen. No es cierto. Precisamente el aguacate y la papaya son de los pocos productos de los que nos abastecemos al 100% en Canarias. Pero el aguacate está de moda como súperalimento y la papaya lo mismo para los smoothies (o batido de frutas de toda la vida) y nuestros productores los están exportando sin cubrir el mercado interno…

Otros fenómenos parecidos a este hay muchos: cuando a los chinos les dio por la mozzarella, la producción aumentó con baja calidad, altos niveles de dioxinas… fue un escándalo hace unos años; algo similar pasó con nuestro jamón serrano… Por ello el relato liberal ya no convence, o mejor dicho, convence pero tiene fisuras. Debería garantizarse el consumo interno antes que las exportaciones, reservando para ello sólo los excedentes después de abastecer el consumo interno y especialmente en los productos de primera necesidad.

Y nosotros ¿qué podemos hacer? Bueno, no mucho, pero algo sí. Digo no mucho porque existiendo el mercado de futuros (aquel donde se compra la producción de cereales de los próximos años…, sí, el trigo que se coseche en 2021 ya tiene dueño…) la alimentación ya no es un bien necesario sino un negocio necesario, sobre todo la alimentación industrial. Pero podemos hacer cosas y todas a nuestro alcance:

  • No caer en modas de súperalimentos.
  • Comprar productos de temporada (ni melón en noviembre ni manzana en agosto).
  • Comprar productos de cercanía, locales.
  • Aunque nos lo podamos permitir, no debemos comprar alimentos que estén disparatados de precio (probablemente por moda).

No es nada nuevo, pero quizás con este enfoque se vea más claro.

Según la revista Times, hay unas 100 personas que pueden cambiar el mundo si se les hiciera caso. Una de ellas es Carlo Petrini, creador del movimiento Slow Food. No se trata de comer despacio y disfrutar de la comida (que también). Se trata de volver al modelo de alimentación y comercio de alimentos de antaño: pagar precios justos al agricultor y disminuir o eliminar aquellos intermediarios que se forran para que tú compres lechuga a 0,95 €/kg y al agricultor le hayan pagado 0,08 €/kg (datos de 2016); garantizar el abastecimiento interno por regiones y países; respetar la biología de los alimentos y los cultivos; acabar con el derroche de alimentos; que los productos frescos sean locales… Además con estos precios en origen, muchas ganas de ser agricultor no dan y el campo ha sido, es y será necesario para la biodiversidad y el equilibrio en el Medio Ambiente.

Te animo a leer más sobre su planteamiento, a reflexionar sobre ello y a poner en práctica un cambio en tu cesta de la compra. Quizás si somos muchos los que modificamos nuestros hábitos de compra, podamos cambiar el devenir del mundo.

Gracias por leer hasta aquí y espero tus comentarios 🙂

 

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