Las crisis son necesarias (para ellos)

España es el país que más bancarrotas acumula como país soberano. La primera se produce en el año 1557 durante el reinado de Felipe II, que heredó de su padre Carlos I, una inmensa deuda en forma de “bonos”. A partir de ahí, vinieron otras en 1575, 1596, 1607, 1627, 1647, 1652, 1662, 1666, 1799, 1872, 1882 y 1939. En total, hasta el fin de la guerra civil española, nada más y nada menos que trece bancarrotas. No merece la pena extenderse en las causas de estas crisis financieras porque no es la finalidad del artículo, pero, aunque aquellas bancarrotas y las posteriores tienen muchas cosas en común, todo lo que acontece en el panorama económico y financiero, después de la Segunda Guerra Mundial, tiene otros matices relacionados con la situación actual.

The moment the city was hit by a nuclear bomb, digital painting.
Imagen gratutita de liuzishan para freepik

La revolución industrial que concluye entre 1820-1840 es el inicio del mundo de los negocios tal y como los conocemos hoy en día. Comenzó la era de las empresas industriales, el papel de la banca, la fuerza del trabajo… El escenario comenzó a ser favorable para las personas cuando se crearon normas como la Ley de seguro de enfermedad en 1883 en Alemania. Posteriormente se regularon conceptos como la duración de la jornada, el derecho al descanso, etc. Sin embargo, no es hasta 1948 con la Declaración de los Derechos Humanos cuando se regula el derecho a un trabajo digno.

En la actualidad, hay muchas normas para que las personas puedan trabajar en condiciones dignas, al menos en nuestro entorno. Si miramos al sudeste asiático u otros puntos del planeta, la situación no es la misma, esto es evidente. Volviendo a nuestro entorno, las decisiones políticas afectan a las condiciones actuales del trabajo: jóvenes que no encuentran su primer empleo, profesionales que no encuentran empleo acorde a su formación, salarios inexplicables…

Si echamos la vista atrás podemos encontrar en la historia reciente, dos grandes crisis que han ahondado los problemas existentes en nuestras sociedades, porque fueron la causa de la destrucción masiva de la clase media: la crisis financiera global, llamada la crisis Lehman Brothers en 2008, que se prolongó varios años y la actual, que comienza en 2020 derivada de la crisis sanitaria por el virus denominado Sars-Cov-2. Estas dos crisis, si dejamos fuera del análisis la Gran Depresión y las crisis posteriores a la Primera y Segunda Guerra Mundial, son las que mayor contracción económica han producido. Concretamente, la crisis de 2009 supuso una contracción de la actividad económica y financiera del 2,9% y la crisis de 2020 ha supuesto una contracción del 7,5% en la eurozona. Recordemos en este punto que en España sólo se crea empleo cuando hay un crecimiento mayor o igual al 2%. La gravedad de los datos es palpable.

Con estos antecedentes, es decir, con las consecuencias que las crisis tienen sobre todo sobre la clase media, podemos analizar más fácilmente por qué son necesarias las crisis (para ellos):

Después de la Segunda Guerra Mundial comienza una verdadera cooperación entre Europa y Estados Unidos bajo la creación de organismos supranacionales que todos conocemos, como la ONU. A estas instituciones sólo tuvieron acceso las élites del momento, y en la actualidad es lo mismo. Para el ciudadano corriente, esta cooperación entre Europa y Estados Unidos se materializó en la creación de una nueva sociedad, alrededor de las empresas, industriales muchas de ellas, y un sistema financiero bancario que lo hizo posible. Gracias a ello, se vivieron décadas de paz y prosperidad, al menos a este lado del planeta.

Las empresas, por principio, se crean con la intención de duración indefinida, es decir, se crean con la idea de trascender a sus fundadores. Esto es así porque es necesario para lograr proyecciones a futuro que garanticen tanto la viabilidad de la empresa como el futuro de las personas que trabajan en ella. Esta idea de duración indefinida tiene un lado perverso: el crecimiento infinito. Durante los años de la posguerra, el crecimiento infinito era posible debido a la labor de reconstrucción que estaba pendiente en Europa al finalizar la Segunda Guerra Mundial. El conocido como “Plan Marshall” benefició por igual a Europa y a Estados Unidos. La primera recibió los fondos económicos necesarios para reconstruir ciudades, industrias e infraestructuras y la segunda consiguió un gran cliente, ya que una condición del Plan Marshall era que se diera prioridad por parte de Europa con aquellos fondos a los productos norteamericanos.

El crecimiento infinito de las empresas no es otra cosa que mejorar el beneficio de cada año. Si el año n-1 ganas 1.000 unidades monetarias, el año n debes ganar 1.100 unidades monetarias y el año n+1 deberías ganar 1.210 unidades monetarias a razón de un crecimiento del 10% anual. Durante décadas esto fue posible, pero hubo consecuencias no deseadas como el consumo excesivo de recursos naturales, las primeras dificultades con los combustibles fósiles, su posible escasez futura y la destrucción de entornos naturales al margen de cualquier regulación legal.

Y un fenómeno vino para empeorar todo esto: el fenómeno low cost (creado por ellos). Proliferaron los establecimientos y marcas donde adquirir cualquier cosa (hasta viajes a otros continentes) por unos precios impensables años atrás. El fenómeno low cost convirtió a las personas en depredadoras de consumo de artículos que, por su precio, acaban en la basura sin usar en la mayoría de las ocasiones. El monstruo (creado por ellos) se convirtió en una amenaza, los consumidores potenciales y recursos del planeta son limitados y a esta velocidad de consumo, en pocos años “se acaba la fiesta”.

Hay que hacer algo, el crecimiento infinito no es posible en un planeta con clientes y recursos limitados. Los productos low cost no son algo de lo que las personas vayan a desprenderse fácilmente, entre otras cosas porque crisis tras crisis la precariedad existe incluso en personas empleadas. La clase media, la más numerosa, es la gran consumidora… hay que hacer algo…

Y se encuentra en las grandes crisis la gran solución:

En primer lugar, las grandes crisis se ceban con la clase media. Tanto la crisis de 2009 como la de 2020 han destruido a las clases medias: en 2009 en Alemania la clase media pasa de un 70% a un 54% del total de la población; en 2020, en España no hay datos oficiales aún, pero la tendencia es a la baja, pudiendo estar en un 50% del total frente al casi el 80% en su mejor momento, año 2000.

En segundo lugar, las empresas afectadas dan un paso hacia detrás que les permite dos cosas: redimensionarse (despidos, deslocalizaciones a países de mano de obra más barata, cierres…) y volver a un punto de partida más bajo que les permita recuperar la senda del crecimiento infinito hasta la próxima crisis necesaria (para ellos) a costa de las personas. Con la excusa de la crisis, se pueden tomar decisiones impopulares que afectan sobre todo a los puestos de trabajo en condiciones dignas.

En criminología y blanqueo de capitales, cuando un asunto es complejo y no se sabe por dónde empezar, la madeja comienza a desenrollarse desde la premisa “sigue al dinero”. En esta crisis que estamos padeciendo, no es menos, pero hay que insertar otra premisa: “sigue al poder”. El dinero y el poder se han unido para conseguir los fines para los cuales las crisis económicas y financieras son buenas (para ellos) y también para utilizar esa plataforma, con ciudadanos desposeídos de sus trabajos, ingresos e ilusiones, para imponer su modelo, repartir caridad y detener al monstruo que ellos mismos han creado.

Por último, es importante recordar que los acontecimientos internacionales nunca pasan por casualidad. Obedecen a un plan, y la pandemia global derivada del virus conocido como Sars – Cov – 2, también.

No lo permitamos. Por la libertad.

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La entrada “Las crisis son necesarias (para ellos)” se publica por primera vez en http://www.diariodeunamadreeconomista.com el día 1 de agosto de 2022.

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